El viaje de Winnipeg, una lección eterna de humanidad

El viaje del Winnipeg fue una de las mayores gestas humanitarias del siglo XX

 



“Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie”. Así se refirió Pablo Neruda sobre su papel en una de las gestas humanitarias más resonantes del siglo XX: el viaje del Winnipeg.

El 3 de septiembre se han cumplido 78 años del fin de su periplo con el arribo al puerto de Valparaíso. Acontecimiento que se mantiene vivo aún entre los pocos que quedan para atestiguarlo y a los que nos llegó a través del relato de nuestros padres o abuelos. En estos tiempos en que escasea la  compasión, la gesta del Winnipeg es un ejemplo de tenacidad, coraje y convicción. Un país  pequeño, en un extremo del mundo, que decidió abrir sus puertas a quienes lo habían perdido todo, hasta su patria. Un artista que utilizó su prestigio para conmover y conseguir recursos. Una red anónima de personas a lo largo del mundo que abrieron su corazón a regalar una nueva vida.

 

Pablo Neruda en Isla Negra, Chile.

 



 

“El Winnipeg nos dio algo más importante que la vida: nos concedió la posibilidad de reconquistar nuestra propia libertad. Realmente fue un viaje lleno de satisfacciones”, recuerda Victor Pey, uno de los pocos pasajeros que, a sus 102 años, aún puede recordar lúcidamente el viaje. “La inmensa mayoría de los que subimos a ese barco veníamos de los campos de concentración. Llegar al Winnipeg, tener un techo, desayuno, almuerzo, comida… ¡y una ducha, imagínese! Eso no era un barco, era un hotel de cinco estrellas”, añade.

La historia del viaje se comienza a escribir con el fin de la Guerra Civil española y con una carta enviada al entonces presidente chileno Pedro Aguirre Cerda por el ex embajador español Rodrigo Soriano, solicitándole conceder asilo a refugiados españoles que se encontraban viviendo en precarias condiciones en Francia. Aguirre Cerda, de tendencia Radical, nombra al poeta Pablo Neruda cónsul especial para la inmigración republicana española. Utilizando sus contactos recorrió América en busca del financiamiento, lo que le permitió conseguirse un carguero y acondicionarlo para el traslado de pasajeros. El Winnipeg era un viejo barco francés que solía trasladarse por costas africanas, y que  tenía capacidad para no más de 60 pasajeros. En astilleros holandeses fue acondicionado para dar cabida a más de 2.200 de pasajeros, con un mínimo de confort improvisando baños y literas.

Generando una gran expectativa, con una cobertura de la prensa internacional, el 4 de agosto de 1939 el viejo carguero se hizo a la mar desde el puerto fluvial de Pauillac, llevando más de 2.000 pasajeros entre hombres, mujeres y niños. La travesía trasatlántica terminó con la llegada al puerto de Valparaíso el 2 de septiembre , descendiendo los pasajeros al día siguiente, en medio de una multitudinaria recepción con autoridades políticas, civiles, militares, sindicales y estudiantiles, amén del público en general, todos deseosos de dar el mejor de los recibimientos a los sufridos refugiados. Ya eran mito y gloria.

 



 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *