En un sistema que carece de lo indispensable, soy la que pone la cara

por Yolanda Ramírez Ernst, médica pediatra

 

Apenas entendí algunas cosas del mundo decidí que sería doctora, no recuerdo tiempos anteriores a eso. El ser médico estaba en mi ADN. Nunca hubo dudas, siempre mi norte estuvo claro. Me iría a Africa a salvar niños pobres. Llegaron los tiempos de crecer, y crecí, egresé del colegio, renuncié a una beca completa que me había ganado en una buena universidad privada, porque no tenían medicina, nada me distraería de mi sueño. Me fui a otra ciudad buscando la mejor facultad del Medicina. Y llegaron los días de estudiar y estudié. Fueron incontables las noches que simplemente no cerré los ojos frente a un libro. Y pasó el tiempo, los años académicos se sucedieron unos tras otros. Egresé. Era una profesional titulada por fin. Para cualquier otra profesión, eso es mucho decir, pero para medicina, no. Aún faltaba bastante por recorrer. Y lo recorrí, me especialicé en la especialidad de mis amores: pediatría. El no dormir, que empezó el primer año de universidad, se hizo como una forma de vida. El cansancio mi estado natural. El estudiar jamás paró, hasta el día de hoy, es raro el día que no revise un tema. No son quejas, hasta lo disfruto. ¿Quién se puede quejar que sus sueños se hagan realidad? Luego descubrí que no necesitaba irme a Africa para encontrar niños pobres para salvar. En el país que me vio nacer, Bolivia, el más pobre de la región, encontraría la oportunidad de ayudar sin duda, el sueño se completaba. Volvimos por tanto a Bolivia. Hace más de 10 años de eso. Encontré mi rincón en el mundo en el Hospital de Niños de la ciudad de Santa Cruz. Soy encargada del Servicio de Reanimación, que consta de 6 camas en la zona de emergencia, los niños más graves que van llegando se quedan ahí, en espera que los servicios de UTI/UCI tengan espacio para recibirlos. Cosa que, cómo se imaginarán, es muy poco probable que ocurra.

Soy feliz, cada mañana me levanto, lo hago con esa sensación mágica de haber hecho de tu pasión tu profesión. Me mueve el alma el querer salvarlos a todos. Los que me conocen saben que sufro el mal de enamorarme de cada uno de mis pacientitos a los pocos minutos de conocerlos.
Como el sistema de salud no cuenta con suficientes camas para niños críticos para toda Santa Cruz, sufrimos de continuo colapso (en mi hospital: 6 camas en UTI, 6 en UCI y 6 en reanimación, además de 4 o 6 camas en el hospital Japonés para una población asignada de más de 3 millones, es todo lo que el sistema cuenta). Así que concentramos lo más grave de lo más grave de la ciudad.
Sumado que el personal médico, de enfermeras y auxiliares son insuficientes para el manejo de 6 niños críticos en mi servicio. No cumplimos con las normativas existentes al respecto como se imaginarán. Las manos de todo el personal no dan abasto, literalmente. Sólo una enfermera y una auxiliar. Imagínense querer salvar a 6 niños muy graves, la mayoría conectados a ventilador mecánico, sin tener las herramientas suficientes. No hay Rx portátil, (a veces incluso no funciona el equipo del hospital), las gasometrias demoran un par de horas, a veces más porque es frecuente que se eche a perder nuestro gasómetro y las muestras se vayan a otro hospital a ser analizadas, cuán fiables pueden ser esos resultados?  La monitorizacion solo se puede hacer “no invasiva” que es absolutamente insuficiente para la mayoría de los chicos que tenemos.
Si los niños tienen más de 5 años ya no cuentan con el apoyo del SUMI, por tanto los familiares deben comprar todo. Con qué cara le das una lista interminable de medicamentos e insumos que necesitas a una familia que vive con lo justo el día a día?
No es raro enfrentarnos al hecho que los padres no pueden costear laboratorios o farmacia. Y nos sale nuestro don de pedigüeños y hacemos colectas entre los doctores que están ahí, entre los residentes e internos. Me he sentido alguna vez tan desesperada, que les he pedido a mis amigas personales que me ayuden con el tratamiento de algún paciente. Que lo han hecho sin dudarlo (gracias amigas de mi corazón).

La lista es gigante de lo precario del sistema.

Sumen a eso el problema educacional/cultual que tenemos, los niños llegan a veces muy tarde, con cuadros muy avanzados, muy graves, es frecuente que primero acudan a los curanderos, que los llenan de hierbas que muchas veces hasta los intoxican. Una infección (ya sea pulmonar, urinaria, digestiva) se transforma en un shock séptico refractario con falla multiorgánica (es decir llegan con falla en sus riñones, hígado, pulmón, etc). Un accidente de auto se hace gravísimo si el niño estaba en el asiento delantero y sin cinturón. No se imaginan la impotencia que se siente, dan ganas de decir cosas a los padres como: por qué mamita lo trajo tan tarde? Pero me muerdo la lengua, recuerdo que mi trabajo ahí no es juzgar, sino ayudar. Y callo. Sólo digo la famosa frase que ningún papá quiere oír y ningún médico quiere decir: “haremos todo lo que esté en nuestras manos, pero no tenemos muchas chances de salvar a su hijo”.
Y he tenido que acompañar a papás a despedirse de su hijo. Ser la que pone la cara, la que da la noticia, la que pide que le traigan un vaso de agua a la mamá, la que abraza a esos desconocidos que ahora, por un día, se transforman en casi tu familia. Le intentas dar las mínimas condiciones para atravesar ese dolor con un poco de dignidad. En un sistema que ni siquiera tiene lo indispensable.
Son demasiados días que he vuelto a casa con el corazón roto en pedacitos. Que mágicamente se vuelve a armar. Porque tengo hijos, tengo marido, tengo más pacientes que salvar mañana.
Porque el honor de poder luchar para salvarlos tiene un precio. Es un alto precio. Es el dolor, la rabia, mucha rabia contra el sistema, la pobreza, la ignorancia, rabia por tantos “falta”: falta de medicamentos, de insumos, de laboratorios, de personal, de especialistas, etc… y es un etcétera tan grande.

Aún así mi testarudez y optimismo casi patológico me impiden tirar la toalla. Regreso cada mañana a mi servicio feliz y con las mismas ganas de salvarlos a todos del primer día.

Pero hoy resulta que un gobierno que nos ve como sus enemigos, que una ministra de salud que nunca trabajó, ni tuvo que enfrentarse con esto, quieren tratarnos como criminales.
Cuando un niño se me muere en el servicio no es porque nos dio flojera tratarlo, no fue que jugamos a la lotería para ver a cuál salvábamos, no fue que decidiéramos dejar de tratar su enfermedad y robarnos sus medicamentos. Es porque la enfermedad nos ganó, la ignorancia nos ganó, el sistema nos ganó!!!
La muerte es una opción cuando enfrentas enfermedades muy graves. Nosotros no la elegimos. Nosotros peleamos contra ella. Pero no somos magos ni dioses, sólo humanos como cualquiera que hace su mejor esfuerzo. No damos garantías porque no estamos arreglando un refrigerador o un reloj.
Nos ofrecen varios años de carcel, quitarnos nuestro título de médico, y embargarnos económicamente. Nuestra vida entera y el bienestar de mis hijos, mi familia queda en manos de jueces, fiscales, y de familiares, que pueden ver en la muerte de su hijo, la oportunidad de ganancia económica, no faltarán los supuestos abogados rondando los hospitales convenciendo a los padres de demandarnos.
Lo que no logró todo lo que me ha tocado vivir, para desanimarme a seguir en este puesto de trabajo que amo, lo va a lograr esta ley.

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