Si el brazo se pudre, arráncalo para preservar la vida

La trama de corrupción en Petrobras, relacionada con la clase política  Brasieñal, no sólo ha desatado un escándalo y la ira popular, sino que ha significado una mancha profunda sobre el prestigio de una empresa muy admirada en ese país. Una institución gigante, asociada al crecimiento y el lanzamiento de Brasil como potencia mundial, que se ve revolcada en la ignominia, que de una u otra forma va a salpicar a todo lo que se asocie a ella. Más allá de los castigos pertinentes al delito, la empresa debiera hacerse parte de la demanda a los inculpados, y pedir las penas del infierno por el menoscabo a su imagen.

Todo esto viene muy bien para sacar al tapete un tema que no ha sido tratado, o suficientemente tratado, pero que debemos comenzar a considerar. Se refiere a la responsabilidad de los individuos, personales, totalmente individualizables, de apropiarse la identidad y propiedades de las instituciones, como entidades generales y abstractas, para sacar propio provecho, siendo absueltos de los efectos negativos de sus acciones sobre la imagen de éstas. Por desidia de la sociedad, por un falso sentido de la lealtad, por esa torpe tendencia nuestra en confundir los niveles, finalmente la institución (que está sobre los individuos y sobre la contingencia) sufre un daño mayor, a veces casi irremediable. El daño queda, la cicatriz puede volverse indeleble, mientras el individuo se esfuma.

Cuando escribo esto lo primero que se me viene a la cabeza, en cuánto a este tema, especialmente para Latinoamérica, son los casos de dos instituciones sociales: las Fuerzas Armadas (FFAA) y la Iglesia Católica. En el caso de las FFAA, se trata de instituciones de mucho prestigio, muy enraizadas en el desarrollo de nuestra institucionalidad republicana, y que en gran parte de esa historia contaron con  el cariño y respeto de la sociedad. La sistemática violación de los derechos humanos en el contexto de dictaduras militares, significó no sólo el repudio hacia los militares malhechores (concretos, identificables e incluso muchas veces judicialmente encauzados), sino también el repudio y la desconfianza a la institucionalidad militar. Por desgracia, en el tema de los delitos de lesa humanidad, la reacción del resto de los miembros de las FFAA fue de encubridores, protección a los camaradas e incluso de negadores de los hechos delictuales. 

Parece muy claro que el delito no sólo radica en las violaciones a los derechos humanos, sino también en el actuar corporativo del resto de los militares, lo que causó un daño irremediable sobre la imagen institucional. En este sentido la única actitud reparadora debiera ser la sanción, además, sobre todos aquellos que hubieran participado en este encubrimiento, o que simplemente hubiesen actuado por omisión. Como alguien expresó metafóricamente, ‘sólo la sangre militar puede lavar el honor militar’.

Con respecto a la Iglesia Católica, y los terribles relatos de abuso de menores y perversiones diversas, la situación se dimensiona en la misma medida. Tan terrible como los abusos reiterados, sistemáticos e impunes, los delincuentes también están en la red de protección tejida para salvaguardar la impunidad de los hechores. Con la agravante del adalid moral de los supuestos pastores, enjuiciadores descarados de los otros. Los individuos que corrompieron la base institucional de credibilidad, a pesar de los desesperados esfuerzos del atípico Papa Francisco. Esto ha significado la muerte institucional, al menos como faro moral de la sociedad. 

Sólo la depuración radical de los delincuentes y de sus detractores, permitirá la renovación necesaria que posibilite una recuperación de credibilidad y brillo institucional. En la sabana africana, luego de los grandes incendios que arrasan con todo, y lo incineran, vuelve a levantarse la vida.

Es justo buscar preservar una imagen e identidad institucional, en la medida que evidentemente constituye un patrimonio social colectivo, y que participa en la definición de una base sólida de la convivencia social. La simple sanción, la repulsa o las sonsas declaraciones de ‘nunca más’, no son otra cosa que una salida diplomática que permite salvaguardar a quienes se han apartado de su misión institucional. No ver esto es simplemente caer en la misma dinámica de ceguera y sordera que no hace más que aumentar la indignación y revolver las heridas. El verdadero honor de nuestras instituciones está en hacer justicia a las afrentas que las han mancillado. A destapar los oídos, a sacarse las vendas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *