El “salario emocional” o el valor de encontrar la felicidad en el trabajo

Durante siglos el trabajo fue considerado una obligación dolorosa asociado a la subsistencia. Los tiempos han cambiado, y se han ampliado los hirzontes aspiracionales. El trabajo ha pasado a ser una posible fuente de gratificación y encuentro personal.

 



El tripalium fue una herramienta que se asemejaba al cepo, y cuya función era sujetar a los animales para poder herrarlos. También solía utilizarse como instrumento de tortura. Con posterioridad tripalium dio lugar a la palabra trabajo, asociándola con torturar, atormentar, causar dolor. Tradicionalmente trabajo ha sido sinónimo de una experiencia  ingrata. El trabajo pareciera conformar una medida de sobrevivencia, ocupando un espacio que tradicionalmente se asoció con el dolor. Con tormento sicológico o sufrimiento físico.

Con el paso del tiempo las sociedades han evolucionado, y se ha desarrollado un nuevo concepto asociado al trabajo: vocación. Esto es, no sólo trabajamos porque hay que trabajar sino porque queremos trabajar. Si antes se consideraba un privilegio el trabajar, ahora es un derecho y una opción. Si antes el trabajo se asociaba exclusivamente a la supervivencia, ahora tiene que ver también con la realización. Si antes importaban exclusivamente los resultados de productividad, ahora también se le da importancia al proceso en sí, el ambiente laboral. Ya lo esencial no es la cantidad de horas trabajadas, sino la calidad del trabajo realizado. Nuevos conceptos vienen a enriquecer el análisis. Elementos de carácter más cualitativos que cuantitativos. Nos hemos dado cuenta que las cantidades van de la mano de la calidad.

El trabajador se reconoce como un ser complejo, con necesidades que van más allá de lo que pueda satisfacer el pago en dinero. Un nuevo concepto a complementar. Ahora se habla de  Salario Emocional. Esto pasa por reconocer los beneficios que redundan en la satisfacción del empleado. Como horario flexible, salir más temprano, poder ir con la mascota a trabajar, y hasta lo más descabellado que se nos pueda ocurrir, que redunda directamente en satisfacción personal.

“En términos sencillos, las personas tienen ciertas expectativas de lo que una empresa les puede entregar” aclara el sicólogo laboral Raúl Berríos. “Una es el salario monetario, pero también esperan otras cosas, como seguridad, desarrollo profesional y aprendizaje. El paquete de beneficios apunta justamente a cubrir esas necesidades. En la medida en que las condiciones laborales cubran de mejor forma las expectativas de una persona, su ajuste a la empresa es mejor, y como resultado las personas se sienten más satisfechas”.

La Universidad de Pennsylvania realizó un estudio en el 2006 en que demostró que un equipo de trabajo dirigido por un líder optimista, generaba más compromiso y aumentaba la productividad. Dana Arakawa, a cargo del estudio, concluye que “las diferentes opciones que ofrecen las compañías a sus empleados para que puedan compaginar y conciliar su vida profesional  personal, fórmulas que no están relacionadas directamente con el impacto monetario de una nómina, inciden directamente en el nivel de compromiso y motivación de los empleados”.

 

 


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