NO SABES NADA, JON SNOW

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A pesar de los castillos, de las armaduras, de las espadas, de los muertos caminantes, de los dragones, Games Of Thrones es un relato atemporal, una especie de ensayo épico, acerca de la relación entre el poder y la naturaleza humana.

 

– Nunca más la veo. No quiero saber de la sexta temporada.
Fue la expresión de mi mujer al ver desangrarse a Jon Snow, uno de los protagonistas de la serie de HBO, Games Of Thrones (Juego de Tronos), en el último capítulo de la quinta temporada. En realidad: su favorito, de esos chicos bien, muy obedientes, muy decentes, en especial, si lo comparamos con el séquito de corruptos confabuladores que completan la galería de personajes de la saga más popular de la televisión de los últimos tiempos. El hijo que se esfuerza por hacernos enorgullecer.
–  Ese tipo está loco, quiere morir en cualquier calle de Belfast o del mundo, a manos de cualquiera de nosotros – continuó muy alterada refiriéndose  a George Martin, el autor intelectual.  – No puede matar  a su mejor personaje.
Recordé que compartí la misma frustración al cierre de la primera temporada, cuando la cabeza de mi personaje favorito, Ned Stark, es cortada de un tajo. A ella le dieron náuseas durante un buen tiempo. Iba contra todos los cánones de los relatos hollywoodenses, casi de mal gusto. A fin de cuentas era una serie de TV, una fantasía, y no nos tragamos una temporada completa para darnos cuenta que no es el cuento de hadas con el “happy the end” que esperamos.
Estrenada el 17 de abril de 2011, Juego de Tronos está basada en la serie de novelas de la saga conocida como Canción de Hielo y Fuego, escrita, a ojos de mi mujer, por el odioso escritor y guionista norteamericano George Martin, y que coopera supervisando los guiones. Es una cuidadosa producción con un alto presupuesto (sólo el costo de la primera temporada alcanzó los 60 millones de dólares), y ha tenido una excelente acogida de crítica y público.
La serie transcurre en un mundo ficticio, pero claramente la ambientación alude a la órbita de la época medieval. En términos muy generales, trata sobre los conflictos de poder que se dan en torno a tres ejes argumentales: una guerra civil por el control del Trono de Hierro (luego de la misteriosa muerte del rey y la impugnación de la legitimidad de sus herederos); la lucha externa de este convulsionado reino por contener a una especie de muertos vivientes (los otros) y los llamados salvajes tras un gigantesco y mítico muro de hielo; y el viaje de la hija de un anterior depuesto y asesinado rey del Trono de Hierro a reivindicar su derecho a éste, llevando dentro de sí el fantástico poder del dragón (además de tres dragones vivitos y llameantes).
A pesar de los castillos, de las armaduras, de las espadas, de los muertos caminantes, de los dragones, Games Of Thrones es un relato atemporal, una especie de ensayo épico, acerca de la relación entre el poder y la naturaleza humana. Muy a pesar de nuestra rabia y frustración, HBO ha montado magistralmente una obra en que se escenifica los juegos de violenta seducción, mostrando el lado más oscuro de quienes se encumbran en la sociedad.
A fin de cuentas es un relato que nos habla de los poderosos, de su desdén por los otros, de sus venturas y desventuras por alcanzar el preciado bien del poder que supuestamente les permite controlar sus vidas y, fundamentalmente, la de los demás. Es un cuadro oscuro y amargo donde la gente común y corriente (el vulgo o pueblo) no es más que un decorado, un relleno al arbitrio del capricho y las ambiciones de los controladores. Envuelve su compleja trama de personajes que van de una causa a otra. Hacen todo por conseguir sentarse en un siniestro trono forjado por cientos de espadas, el Trono de Hierro. La imposición de la fuerza, la violencia, la muerte, la desolación como sustento de la legitimidad.
Nos habla del poder como una fuerza natural, una manifestación física, regida por leyes propias, externa a la voluntad humana. No es el poder racional, controlable y maquiavélico. Ese orden civilizador, perfectamente causal, en el cual las reglas del juego dictadas y ejecutadas por y para los poderosos, alinean el universo a los arbitrios de sus necesidades. El ejercicio, en la vida real, de las potencias occidentales, mediante el cual pretenden que el orden de sus prioridades tenga un carácter universal.
Lo de Games Of Thrones es pura y simple incerteza. Sabemos cómo comienza una historia, la intención de los protagonistas, pero el desarrollo y final siempre será dudoso, ceñido a una lógica que supere su capacidad de control. El hombre desencadena la fuerza del poder, pero, como cualquier elemento de la naturaleza, seguirá derroteros propios.
Ned, Rob, Brad, Arya, Cathelyn y Samsa Stark; Robert, Renly y Stanley Baratheon; Cercei, Jeoffrey, Jamie y Tyron Lannister. Una larga lista de ilusos que pretendieron jugar al juego de tronos, para darse cuenta en el instante final, cuando rodaba su cabeza, cuando eran envenenados, degollados, flechados, o cualquiera de nuestros civilizados modos de zanjar discusiones de poder, que no conocían las reglas. O simplemente que es un juego sin reglas, sin comienzo y sin finales, sin ganadores, sólo perdedores. Jugaron a ser dioses y terminaron perdiendo, en algunos casos, mucho más que la vida.
Jon Snow era distinto. Un Stark, un idealista, que pretendió hacer lo correcto. Mientras se desangraba en la nieve mirando el cielo blanco de su querido norte, tiene que haber pensado que las consecuencias de ejercer el poder, más allá de las buenas o malas intenciones de quienes lo detentan, no tienen color ni carga. Sintió entrar y salir las espadas de su cuerpo y tuvo la certeza que los flujos de la vida no obedecen a un designio de las buenas o malas intenciones humanas. La vida se escapaba de su cuerpo, y el sólo había querido torcer la mano del destino para hacer de su mundo algo mejor. Cuando todo se volvía oscuro simplemente tuvo una única certeza final: no sabía nada.

 

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