La Rosa Blanca, los estudiantes que apelaron a la conciencia alemana para frenar al régimen nazi




 

 

El poder es una droga seductora, qué duda cabe. A cualquier nivel de análisis. Partiendo por algunos comerciantes callejeros que se apropian de lo público, un padre, un sindicalista, un profesor,  un alcalde, un diputado, un presidente. La sensación de tener el control, de ser un poco dioses, de ser el camino, la verdad y la vida, vale la lucha constante que significa mantenerlo. Es un juego que a golpe de fuerza, astucia y artimañas llena la vida de muchos que persiguen sus propias ambiciones disfrazándolas de las necesidades de sus congéneres. La verdad particular, la necesidad particular, disfrazada de verdades y necesidades colectivas.

El implantar un modelo propio implica rechazar los alternativos. Construir un relato con héroes y villanos, en el cual ‘los otros’ suponen una visión oscura que atenta contra la verdad. Negar no sólo es un ejercicio intelectual, es un hecho físico que se vale de cualquier argucia para sepultar la diferencia. En el fondo casi negar carta de nacionalidad a quien pretende implementar caminos alternativos. Históricamente ha significado que gobiernos democráticos terminen transformados en gobiernos de facto. Negar implica, por sobre todo, imponer un discurso confrontacional, en que se supone que la convivencia nacional es una constante situación de conflicto.

El mejor ejemplo de esto ha sido el régimen nazi de la Alemania de la primera mitad del siglo XX. A partir de las urnas impuso con brutalidad un modelo político, social y cultural. Y que tuvo detractores activos, a pesar que la historia se ha empecinado en minimizar. Justamente este año se conmemoran los 76 años del inicio de un movimiento que se denominó Rosa Blanca, y que en plena Segunda Guerra Mundial intentó remecer la conciencia de la población alemana para que reaccionaran contra el régimen. En 1942  los estudiantes Hanz Scholl, su hermana Sophie, Cristoph Probst, Willi Graf y Alexander Schmorelli dieron vida a este grupo con el fin de denunciar el genocidio que se estaba llevando a cabo. Los hombres del grupo habían sido testigos de primera mano de las atrocidades pues eran veteranos de guerra. Basada en principios cristianos, estaba contra el militarismo y adhería a los tradicionales principios ilustrados de libertad, tolerancia y justicia.

Corriendo los riesgos que suponía ser opositores en este contexto,  y apelando a una red de complicidad, distribuyeron folletos denunciando al régimen. Llegaron a proponer sabotear la industria de armamentos para frenar sus impulsos. Apelaban a la conciencia de un espíritu alemán inhibido por el miedo, que representaba valores opuestos al nazismo.

“No nos quedaremos silenciosos”, rezaba uno de los panfletos. “Somos tu remordimiento de conciencia. La Rosa Blanca no les dejará tranquilos”.

A fines de enero de 1943, a raíz de la denuncia de un conserje de la Universidad de Munich que los vio distribuyendo panfletos, el grupo cayó preso. El régimen ejecutó a los cabecillas, y persiguió a todos los que hubiesen tenido alguna relación con la red de distribución. Con el paso del tiempo, la Rosa Blanca se transformó en un testimonio de que la Alemania Nazi era mucho más que un piño de brutos imponiendo su visión de mundo. Existió conciencia que se expresó a pesar del miedo y los peligros.



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