La necesaria angustia del hogar

por Claudia Peña Claros

Limpiar la casa es luchar contra la muerte. Es un trabajo que nunca termina. Puedes barrer un día, y al día siguiente la tierra aparecerá igualmente alrededor de las patas de la silla. Puedes pasar el trapo por los muebles, y el polvo se acumulará otra vez, irremediable, entre los libros. Si dejas una casa deshabitada, empezará a resquebrajarse, como una manzana podrida desde adentro. Si no alimentas a los perros, si no preparas la comida, si no lavas la ropa…

La muerte parece retornar una y otra vez, y el trabajo en el hogar es la lucha permanente para mantener la vida. La muerte surge de la pasividad, de no regar, de no nutrir, de no actualizar. La vida es un esfuerzo diario por mantenerla. El trabajo que a veces llamamos doméstico es un eterno recomenzar. Entonces piensas: todo se pierde, nada permanece. 

En cambio, cuando trabajas afuera, a veces pareces estar construyendo algo que va a perdurar, y sientes alivio: es como desterrar el final a donde no lo podamos ver. Buscamos el poder para vencer a la muerte, huimos de la casa, de lo que van dejando nuestros cuerpos en su eterno desgastarse. Que venga otra persona y lo limpie. Se nos va la vida intentando ser inteligentes, creativos, poderosos, conocidos, respetados en el mundo, y así olvidarnos de la precariedad que nos constituye.

Emma Villazón, la poeta amada, dice sabiamente en Haciéndome cargo: “Es difícil estar pendiente de la suciedad, de los restos / que dejamos en los baños, en los platos, en los pasillos, / es como estar levantando lo que el tiempo nos hace a cada minuto / en nuestra intimidad y queda con telarañas en unos rincones. / Realmente es duro, pero cuando veo esa espuma que se ha llevado / lo malo, es para mí como una canción, una que me dará fuerzas / cuando venga la noche / y no tenga otra voz / sino esa con la que contesto el teléfono.”

Ella sabe que la noche llegará, y ese trabajo de recoger humildemente la muerte cada día, nos dará la fuerza que necesitamos para enfrentarla. Cada uno, cada una de nosotras, y sobre todo los poderosos (y aquí dejo adrede el masculino solamente) debiéramos ocuparnos de lo que comemos y de lo que ensuciamos, para mantener los pies en la tierra y no perdernos nunca. 

Y el orden social y el orden económico debieran tener eso como objetivo principal: que cada persona tenga el tiempo para reproducir su vida, como por siglos ha sido en la historia de la humanidad. Seríamos más humildes y haríamos menos daño.

 

Claudia Peña, Santiago de Chiquitos.

 


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