De Jason de México a héroe panamericano

Supo iluminar una vida que parecía estar destinada a la oscuridad

Supo iluminar una vida que parecía estar destinada a la oscuridad

 

Escribir una reseña de un personaje tan público y tan popular como Juan Gabriel puede llegar a ser tan redundante como escribir sobre cualquier ícono popular de fines del siglo XX. Los medios de comunicación se han encargado de seguirlo, se han alimentado de su vida privada, de cada detalle, pues fue la medida de su éxito lo que abrió su apetito. Una de las características principales de la cultura popular es la avidez por los detalles más íntimos de las figuras públicas que en el día a día se transforman en parte de la vida del ciudadano común. En una acto de enajenación (y quizás construido sobre el origen común y corriente de estas figuras) o en un simple acto de fe, son los detalles los que nos esperanzan en que hay una posibilidad en que devengamos de simples mortales a míticos héroes. Quizás la biografía actúa como un plan de ruta o un mapa que nos conduce al camino del Olimpo. Como sucede con tantos de estos fenómenos, nos enojamos con los medios por su indiscreción (o más bien el perseguido se molesta con su acoso), cuando existe una responsabilidad compartida con aquel que se alimenta de las cientos de páginas o de los metrajes de audio o videos.
Más interesante es reflexionar sobre que tiene la vida de Juan Gabriel que lo transformó en un personaje tan popular, un tremendo vendedor de discos y presa predilecta de la avidez de los medios de comunicación. Y quizás, llevado a un plano más general, preguntarnos que tiene la cultura mejicana, con características tan específicas, que la hace traspasar fronteras y, especialmente en Latinoamérica, se arraiga en lo más profundo de los sectores populares. Fenómenos como el Chavo del Ocho, las teleseries, las rancheras han ayudado a construir una identidad panamericana, en detrimento de los intelectuales y políticos bolivarianos de esta y todas las épocas. Ni que hablar del gran Cantinflas y ese modo enrevesado, que desternillo de la risa a nuestros padres y abuelos.
Porque no son  los millones de discos vendidos o los teatros y estadios rebosantes de públicos. Es al revés. Los números se basan en algo sustancioso, y que no sólo tiene que ver con su arte, sino que se entremezcla con su biografía, pues resulta imposible separar una de otra. Un arte que constituye un relato, que es parte de una cultura, que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestro ser americano. Que nos habla de miseria, sufrimiento, abuso. Pero también nos habla de una fábula, del viaje esforzado de un héroe a lo más profundo  de la miseria, para salir fortalecido y con riquezas. El mismo relato que forjó la terrible historia de la conquista de América, y que traía a desarrapados hidalgos, míseros peones, nobles caballeros, ilustrados e ignorantes. Todos entremezclados democráticamente en la fábula de la busca del vellocino de oro. A hacerse la América, para unos pocos, o no deshacerse en América, para los muchos.
Sus canciones contienen pedazos de vida, que en su conjunto constituyen un relato, como lo fueron los cantos de los juglares. Pasajes de amores sufridos, odas al amor de madre negado, o simples versos de amor por su tierra. Más de un millar de canciones, y actuaciones notables, con todo el brillo de los trajes de luces. Es la miseria de lo cotidiano, la violencia de la vida, pero a la vez el brillo de los días soleados. Y es el relato de cada uno de nosotros, o la herencia genética que arrastramos, como pueblo mestizo que reniega conscientemente de su historia, pero en el fondo se aviva el escozor de la herida jamás cerrada. A pesar de los aires de elite europea o de la resaca del sueño norteamericano. Cómo hablar de Mozart en público y leer a Herman Hesse, per en la intimidad escuchar rancheras y leer a Corin Tellado. Parte de esa contradicción tan americana, ese laberinto en que nos metimos hace quinientos años, y cuya salida aún no logramos encontrar.
Juan Gabriel representa el triunfo  de esa esencia plagada de contradicciones, que sobrevive a las tragedias, pero que no se niega. El que canta a su tierra, se viste con los trajes del folklore, y que como el mejor de los guerreros, muere en el campo de batalla. No en un asilo o en una mansión, escondiendo el paso de los años, la decrepitud, la pérdida de las aptitudes. Muere en medio de una gira, mostrándose a su gente, toda esa América que en público o en secreto lo idolatró. Como Jason se impuso buscar el vellocino de oro para vencer su destino, y a punta de canciones y canto lo logró.  Con su muerte paso a engrosar la lista de los verdaderos héroes de la cultura panamericana. Sufre Bolivar.

 

A pesar de ser muy mejicano, y su arte estar enraizado  en su folklore, trascendió en la América de habla hispana, convirtiéndose en un referente cultural

A pesar de ser muy mejicano, y su arte estar enraizado en su folklore, trascendió en la América de habla hispana, convirtiéndose en un referente cultural

 

Su muerte ha sido un suceso cultural, un peldaño más en la construcción de su imagen de héroe popular latinoamericano

Su muerte ha sido un suceso cultural, un peldaño más en la construcción de su imagen de héroe popular latinoamericano

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