Hora de abrazar el espejo: El fin de la tiranía de la imagen

Nuestra cultura ha transitado desde una representación realista del cuerpo femenino a una casi andrógina, de formas rectas, casi limitada al mundo de las pasarelas. La demostración de lo perniciosa de ésta ha generado un movimiento por aceptar que no existen cánones de belleza, cada cuál refleja su propia hermosura

 

“Queríamos actuar rápidamente y golpear fuerte, para que las cosas avancen y tratar de incitar al máximo al resto de representantes de la profesión a seguir nuestro ejemplo”.



Tal cual fueron las palabras de François-Henri Pinault , presidente de la empresa Kering, que maneja las marcas Gucci, Bottega Veneta, Saint Laurent, Balenciaga, Alexander McQueen, Christopher Kane y Stella McCartney, al lanzar junto a LVHM un código ético en cuánto a los límites en las características físicas de sus modelos. Es un compromiso por no trabajar con modelos extremadamente delgadas ni con menores de 16 años. Lo más granado de la moda, intentando sortear el huracán, sacarse de encima el costo de trabajar con modelos esqueléticas o demasiado jóvenes. Quizás un poco un mea culpa. Quizás simplemente lavado de imagen. Como sea, un código que busca, en palabra de ellos, garantizar el bienestar de las modelos.



Cuando hablamos de modelos en el fondo estamos hablando de representación. Más que por lo que llevan puesto, lo glamoroso de la ropa, porque nos hace presente una imagen que sustituye un ideal, lo que se espera que sea el cuerpo de mujer. Mujeres altas, delgadísimas, casi sin formas. Más bien cuerpos andróginos, niños sin sexo. ¿Quizás una cultura pedófila?

Las representaciones del cuerpo femenino nacen casi con la historia. La Venus de Willendorft es una de las primeras. Una mujer voluminosa, que se interpreta como una representación de la fertilidad. A lo largo del desarrollo del arte  la mujer mantien sus formas, sus colores, recrea la imagen de lo cotidiano. Es con el siglo XX, y especialmente con la industria de la moda,  se inicia un viaje a una imagen magra y de líneas rectas, la que generó grandes trastornos no sólo a nivel de la salud física y mental de las modelos, sino de la población femenina en general. Una epidemia de mujeres disconformes con su imagen, trastornos alimenticios en chicas y grandes, inconformidad total. El espejo se transforma en el peor enemigo.

Los nuevos vientos que soplan en la industria de la moda claramente no obedece a un movimiento espontáneo, sino  a la presión social por los nefastos efectos del cultivo de esta imagen desnaturalizada.  Netflix ha estrenado un muy buen documental al respecto llamado Embrace. Escrito, producido y dirigido por la australiana Taryn Brumfitt, en el cual narra su propia experiencia al enfrentarse a la infelicidad de un cuerpo que ha pasado por el nacimiento y amamantamiento de tres hijos. La presión por lograr acercarse a esa imagen, a la propia insatisfacción frente al espejo. Un viaje hacia si misma, a aprender a amarse, a abrazarse, como dice el título.

“Mi viaje al abrazo me tomó meses de entrenamiento, meses de desengañar comportamientos y valores que estaban arraigados en mí y meses de leer y educarme para aprender y abrazar nuevos comportamientos y filosofías”.

Embrace es un periplo por el mundo, un  encuentro con diferentes mujeres, con cuerpos normales, con peculiaridades e incluso mutilados, que han sido capaces de sobreponerse a sus propios prejuicios para alcanzar la dicha de abrazar  la imagen que les devuelve el espejo. Al final  una moraleja, un  gran consejo a todas las mujeres de este mundo:

“Comiencen por dar un paso hacia si mismas,  abrazar su imagen.  Sigua cultivando su propia imagen  hasta que un día pienses que “realmente podría sacarme la ropa y correr por la calle desnuda si quisiera.”



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