De héroes y dioses sicópatas

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“Arthur Harris no sólo fue un ser humano insensible con la suerte terrible a la que condenaba a sus víctimas, sino un oficial empecinado en alcanzar sus objetivos a cualquier costo, lo que incluía la integridad de los aviadores bajo su mando”

 

Atentos al siguiente detalle. Arthur Harris, Mariscal de la Real Fuerza Aérea. Caballero de la Gran Cruz de la Orden del Baño. Oficial de la Orden del Imperio Británico. Orden de Surorov 1° Clase. Croix de Guerre con Palma. Legión Al Mérito. Sir, Baronet y Caballero. Los palmares de un héroe. Pero también era el bombardero y el carnicero. Motes que no provenían del enemigo, sino de quienes lucharon junto a él y bajo su mando. Si, el carnicero, porque nunca se preocupó de la seguridad de su gente. Arthur Harris fue el responsable de planear y ejecutar el raid aéreo contra las ciudades alemanas, y el costo en material aéreo y vidas de sus subordinados le tenía sin cuidado.  Caían por cientos, transformando la actividad de piloto de bombarderos en una lotería de muerte. Pero sus blancos. Uf, terrible. Un ingenio para llevar la muerte atroz, la desolación, casi el vengativo fuego divino.  Y fue un héroe reconocido, que murió ya anciano en su cama.
De pequeño me pareció que la palabra héroe aludía a una categoría especial de seres humanos, capaces de aportar grandeza a su comunidad, país e incluso a la humanidad. Resaltando precisamente por la certeza  de su grandeza. Héroes de paz, como científicos, filósofos, poetas y seres comunes y corrientes que se ven envueltos en acontecimientos excepcionales. Y los hay de guerra, aquellos que en los peores momentos, mantuvieron la compasión y la humanidad, no bebieron del elixir del poder total para vestirse de dioses vengativos.
Por desgracia, en la mediocridad del mundo real,  ser héroe es un mote que tiene más  que ver con quien cuenta la historia o al bando al cual pertenece el aludido. Hay monstruos promovidos a ídolos por simple cuestión de destino, asunto del cual estamos perfectamente informados en Latinoamérica. Uniformados con el pecho cargados de medallas, y las manos empapadas en sangre. ¿Cuántos personajes no han levantado su candidatura a la gloria sobre el dolor y la destrucción? Escipión marchó triunfante vitoreado por las calles de Roma luego de derrotar a Aníbal, pero no sin antes arrasar con Cartago y vender a sus sobrevivientes como esclavos.
La Segunda Guerra mundial fue un conflicto de una brutalidad que hace temblar. No por su originalidad, la humanidad ha demostrado una gran creatividad para la crueldad desde el principio de los tiempos. Más que nada por sus alcances, la cantidad de población involucrada, los civiles inocentes afectados y la destrucción material sufrida. Puede que coincidieran en el conflicto un conjunto de sicópatas como nunca antes, o quizás la naturaleza de esta guerra lo que llevó a tomar decisiones de poner a cargo a quienes nunca debieron asumir esta responsabilidad, decidiendo una suerte terrible para millones de personas. Los del bando perdedor quedaron per sécula como asesinos desquiciados. Para ellos oprobio, juicio y cadalso.  Para sus países la vergüenza, y el cargar por décadas con el estigma de asesinos fríos y despiadados. A los vencedores, medallas, reconocimiento, gloria e impunidad. La misma fría crueldad. Sangre de población civil indefensa tan roja para glorificar como para condenar. Que bizarro. Honor u oprobio, sólo dependiendo del color del uniforme.
De los peores episodios de este terrible conflicto, el bombardeo masivo de ciudades alemanas. Con el fin de reducir la capacidad productiva alemana, en 1942 Gran Bretaña de inclinó por esta estrategia. Un proporción importante de la capacidad industrial británica fue enfocada a la producción de una impresionante flota de bombarderos pesados. Un arma apocalíptica, que cae en las manos de nuestro laureado Arthur Harris, un tipo frío e incapaz de conmoverse siquiera con las pérdidas propias. Bueno, no vamos a desconocer el aporte generoso de los genios que dotaron a esta flota de bombas de gran poder explosivo y de fósforo, el fuego de la ira de Dios, que todo lo incendiaba, corriendo como líquido ígneo por las calles, penetrando hasta el resquicio más pequeño. Nadie podía sentirse a salvo. Sólo rogar que las estadísticas se apiadaran.
En un cliché imperdonable, pero que nos permitiremos graciosamente, las cifras son impactantes. Si bien por lo masivo de la destrucción es imposible establecer números exactos, se calcula en hasta 600.000 los civiles alemanes asesinados por los bombardeos. Los heridos alcanzarían unos 780.000 y los que se quedaron sin hogar a la escalofriante cantidad de 7.500.000. ¿Quedará algo por decir? Simplemente pedir que la historia condene a los Arthur Harris, y al menos le retire su gloria.
 

“El uso de bombas de fósforo, combinados con explosivos corrientes, causaron efectos muy similares a los registrados en Hiroshima y Nagasaki con bombas nucleares, pero curiosamente nunca han generado el mismo rechazo”

“El uso de bombas de fósforo, combinados con explosivos corrientes, causaron efectos muy similares a los registrados en Hiroshima y Nagasaki con bombas nucleares, pero curiosamente nunca han generado el mismo rechazo”

 

“Los objetivos militares para justificar los bombardeos masivos sobre Alemania no fueron más que una excusa que, en realidad, buscaba ajustar cuentas y conscientemente asesinar población civil”

“Los objetivos militares para justificar los bombardeos masivos sobre Alemania no fueron más que una excusa que, en realidad, buscaba ajustar cuentas y conscientemente asesinar población civil”

 

 “No hay mayor oprobio contra la humanidad que los homenajes y laureles con los cuáles son premiados asesinos despiadados e indolentes que no sólo han causado tanto dolor y destrucción, sino que por lo demás no se arrepienten”

“No hay mayor oprobio contra la humanidad que los homenajes y laureles con los cuáles son premiados asesinos despiadados e indolentes que no sólo han causado tanto dolor y destrucción, sino que por lo demás no se arrepienten”

 

El Bombardeo de Hamburgo

Gomorra fue el nombre de una ciudad bíblica, que según se relata en génesis 19 fue condenada a la destrucción a causa de la perversión de sus habitantes. Pero fue también el nombre clave con que se denominó a una serie de bombardeos que a partir de julio de 1943 perpetró la Real Fuerza Aérea Británica y la USAF de los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial. Hamburgo fue la primera de las grandes ciudades alemanas en ser destruida mediante el uso de bombardeos aéreos masivos. Tal como indica el nombre de la operación, más allá del interés puramente militar que pudiese tener el principal puerto alemán, la operación tuvo un carácter punitivo contra la población civil. Arthur Harris se atribuyó poderes divinos, y decidió que no había siquiera uno bueno entre los hombres, mujeres, niños y ancianos de la ciudad.
En la práctica, metáforas aparte, hizo llover del cielo el fuego de la ira humana. Se emplearon bombas explosivas e incendiarias. En lo que fundó una “ingeniosa” técnica de destrucción masiva, los explosivos destruían los techos, de forma que el fósforo se escurría por todo el interior de la vivienda, propagándose hasta el subterráneo, destruyéndola hasta sus cimientos. Y lo que no destruía el fuego, la falta de oxígeno terminaba el trabajo. La acción del fuego fue tan implacable que de los 31.647 cadáveres recuperados, tan sólo 15.802 pudieron ser identificados. Erich Nossack, escritor alemán y testigo presencial, relató que “era como si de cielo cayeran unas gotas de metal candente sobre las ciudades. Más tarde desaparecían tras una nube de humo, iluminada de rojo desde abajo por el incendio de la ciudad”

Operacion Gomorra

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