Había una vez

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Había una vez, hace mucho tiempo, en una ciudad poblada, llena de edificios y enmarcada en cemento, un tipo que se sentía muy solo, hasta el punto de la enfermedad. Despertaba, comía, caminaba y defecaba soledad. Hasta su espejo le devolvía una imagen que le era ajena, al punto de la enajenación. Pero era un artista, un contador de historias, de esas que nos sentamos a disfrutar y quedan en nuestra retina hasta el fin de los tiempos. Era Paul Schrader, escritor y cineasta, que escribió el guión de la ya mítica película de Martin Scorsese, Taxi Driver, con el desesperado afán de purgar su soledad. Como si fuera una pesadilla, contó la historia de Travis Bickle representando el descenso al angustiante infierno personal de ese escritor oprimido por sus demonios, que encuentra finalmente la redención. Es una historia, una muy buena historia, como la de miles de millones que se han contado desde que el hombre desarrolló el lenguaje. Se han contado con palabras, con imágenes, con silencios, con construcciones. Toda factura humana es, en esencia, un acto de comunicación. Porque básicamente somos criaturas sociales, y sólo la capacidad de comunicarnos nos permite estar conectados y trascender. Nos permite tener certezas, desarrollar capacidades, mantenernos conectados y, muchas veces, como Schrader, encontrar paz.
La esencia de una historia es su coherencia. Si recurrimos a los relatos míticos (que incluye a cualquier religión, país, partido político, etnia, familia, etc.), nos damos cuenta que lo que nos envuelve es su ritmo y una estructura que transforme el relato en algo con sentido. Ojo, no estamos hablando de veracidad, sino de sentido. Si digo que Jesús hizo resucitar a Lázaro o que caminó sobre las aguas, podemos devanarnos los sesos y recurrir a la ciencia para encontrarle una explicación plausible, pero eso no significa que le proporciones más o menos sentido a la historia. Los milagros de Jesús encuentran explicación en el contexto del relato mítico de su vida y obra, y del contexto religioso en que lo insertamos. Lo otro es pura ociosidad o redundancia, un intento por callar a nuestro yo ‘racional’. Es más, mientras escuchamos, leemos o vemos pasajes de la vida de Jesús, no nos quedamos con lo episódico, si no se transformaría en pura anécdota (que es lo que sucede cuando lo sacamos de contexto). No creo que un católico que comulgue en misa los domingos se esté cuestionando que se está comiendo una parte de cuerpo de su Dios fundador.
En lo particular cada individuo arma, desarma, rearma los diferentes relatos con los que debe lidiar en el contexto de una sociedad compleja. No sólo podemos ser miembros de un culto religioso tal o cual, sino que además podemos ser asiduos de un club deportivo, de un partido político, de una etnia determinada, y todos los etcéteras que conllevan vivir en una sociedad multidimensional. Relatos que pueden ser contradictorios entre sí, pero que le dan un sentido de vida en el momento determinado o necesario. Construimos relatos porque necesitamos un mapa, una guía de ruta, una regla de etiqueta, o como lo querramos llamar. Sólo que estas múltiples historias no son estructuras rígidas, sino que son relatos plásticos, permeados por una realidad cambiante, y que no deben actuar como una camisa de fuerza, sino como un sistema de coordenadas que nos liberen de la ansiedad de lo indefinido. El sentido del relato siempre está en el que escucha la historia, por lo que está en una constante dinámica, se reescribe a diario.
La evolución del arte (quizás el mejor referente para medir nuestra capacidad de construir historias) nos demuestra que hemos perdido ese toque mágico. Quizás ha sido la extrema complejidad de la vida urbana, el excesivo cuestionamiento de todo desde una óptica científica, la imposición de una excesiva conciencia práctica en lo cotidiano, y podemos seguir así hasta el fin de los tiempos discutiendo sobre causas y azares. El hecho es que cada vez más nos encontramos con un arte transformado en un acto de puro sentido individual (casi una obra hermética) o en pura banalidad comercial. La imaginación como un colectivo se va diluyendo poco a poco, y creo que se apodera de nosotros esa sensación opresiva de soledad, como la del taxista Travis Bickle que deambula en su taxi por las calles de New York buscando el relato que le dé una razón de ser a su día a día.
Creo que se hace necesario remecer nuestra modorra, esa tendencia a quedarnos adormilados dejando que el relato venga de fuera, transformado en una simple secuencia de pinchazos incoherentes. Como un gran videoclip, los medios de comunicación están monopolizando la función de construir historias tan vacuas como la vida cotidiana.  Estamos inmersos en un mundo en que los estímulos sensoriales se transforman en un acto de acción constante. Un sinsentido perpetuo que, como si fuera un tren de carga que pasa en un cruce hasta el fin de los tiempos, nos mantenga embobados mirando el pasar de luces al son de la campana. Nos da pereza hacer el esfuerzo, y nos dejamos llevar por la noción que la felicidad se asocia con el placer sensual perpetuo.
Desempolvemos el arte del relato, presionemos a nuestros artistas a que hagan un esfuerzo, y piensen más en desarrollar su capacidad de contar historias que en el dinero que les pueda reportar. No sé, es difícil, porque pasa por bajar las revoluciones de un mundo que se subió a un carrusel que gira vertiginosamente, y que se alimenta de las monedas que lo mantienen en movimiento. Mientras más rápido gira más monedas necesita y más genera en nosotros adicción al movimiento. Quizás alguien comenzará algún día con la historia de “había una vez un carrusel que se movía más y más rápido….” Quizás cautive a la audiencia. Quizás.

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