Soy gordo y me siento bello

La guerra contra la obesidad tiene un componente cultural e ideológico importante, que genera una situación de discriminación, especialmente en mujeres

 

¿Qué vemos cuando nos miramos al espejo?¿A nosotros mismos o la imagen que nos devuelve la sociedad? Pensamos que existe la percepción objetiva y que lo que observamos y describimos es la fiel expresión de la realidad. Es el gran engaño. Porque percibimos y describimos con palabras que forman conceptos. Intelectualizamos la percepción. El intelecto es una cuestión cultural. Un hecho del tiempo y la sociedad.  Cuando nos miramos al espejo estamos viendo con los ojos de la sociedad. Vemos y valoramos a la vez. Describimos y evaluamos. Damos una opinión. Las descripciones se atienen a ciertos parámetros de normalidad, que no tiene que ver con lo correcto, sino con el patrón socialmente esperado. No tantos años atrás se esperaría que una mujer ni pensara en trabajar o estudiar, o que un niño ni siquiera pensara en opinar, que decir de las relaciones homosexuales y de personas que presentaran ciertas características físicas.

Los tiempos que corren son de sincerarse. A pesar del dolor o de las controversias que genere, las reglas de la normalidad han sufrido los embates de una sociedad que ha ampliado drásticamente el espectro de la ‘normalidad’. Buscamos más la interioridad, la esencia, el elemento que nos hace distintivo, sobre la banalización de patrones culturales obsoletos. Es la rebelión de las formas. El asumirnos tal como somos, y darle preeminencia al fondo.

Uno de los frentes de esta batalla se da en el campo de la gordura. Si bien podemos estar de acuerdo que se combata la obesidad desde el punto de vista de la búsqueda del bienestar físico, sería ingenuo pensar que es el único frente que abre. Si bien el sobrepeso se estudia desde la visión médica, no es menos cierto que la forma en que se enfrenta socialmente sobrepasa esta perspectiva. Las personas llamadas gordas sufren una discriminación que no hace distingo a la que pudiésemos someter a otros grupos, como los homosexuales o las mujeres. Esta forma de enfrentar el problema ha dado lugar a un activismo que pretende reivindicar el derecho a ser gordo y no morir socialmente en el intento.

“Los cirujanos estadounidenses han sido particularmente activos en reproducir ideas como que la obesidad es más amenazante que la armas de destrucción masiva” afirma el sociólogo irlandés Lee Monahan. “Las creencias anti-gordos y el fanatismo también afectan las vidas de personas de peso medio o delgadas, que viven con miedo a ganar peso”.

En contraposición a la gran cantidad de material generado por la ciencia en torno a los peligros de la obesidad, surge una nueva corriente (fast studies) que se enfocan en analizar los prejuicios que sufren las personas gordas. Se dedican a dilucidar las variantes socioculturales que están tras la construcción social de la gordura. Es un nuevo campo académico que se desarrollo en las universidades norteamericanas, asociados especialmente a estudios de género. Y como los estudios de género, asociado a un activismo para la liberación de los prejuicios. Parte del rechazo a la lógica que el sobrepeso es una condición de falta de salud que dividiría al mundo entre gordos enfermos y no gordos sanos y que desarrolla estigmas que afectan la igualdad de posibilidades, especialmente en el caso de las mujeres. “La guerra contra la obesidad encarna la misoginia”, agrega Monaghan.

 

 


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