Epur si Muove

 

Soldados húngaros construyen una cerca en la frontera con Serbia cerca de Assotthalom, Hungría, el lunes 10 de agosto de 2015, mientras el flujo de migrantes continúa llegando a las fronteras húngaras del sur. Más de 100.000 migrantes llegaron a Hungría en rutas que atraviesan los países balcánicos en lo que va del 2015. Recientemente, 80% son de zonas en guerra como Siria, Irak y Afganistán. (Foto AP/Bela Szandelszky)

Ni muros ni alambradas pueden detener la migración. A lo más, la vuelven más dificultosa

 

El movimiento permanente es una realidad intrínseca al universo. Nada está quieto, todo va de aquí para ya, todo está en permanente cambio. La idea de lo estático no es más que la mera ilusión del observador en un instante determinado. Es el espejismo que produce una fotografía. Es una instantánea, un momento en que detenemos artificialmente la dinámica propia de la vida.
 

Quién mejor que nosotros, nietos o hijos de migrantes, podemos entender, a pesar de nuestra porfía por fijar raíces, lo efímero de los momentos, lo artificial de querer entender la vida en sociedad como una estática instantánea, como un momento que queremos prolongar, o que pretendemos hacerlo permanente. Es el gran cuento que pretenden creerse muchos, que defienden a rajatablas un espacio de territorio, un tramado social, una identidad cultural, como si les perteneciera, como si fuera una herencia que se proyectara rígidamente hacia el pasado. Negamos el hecho natural de la dinámica universal, que permea desde la partícula más diminuta de nuestra galaxia, hasta la más abstracta de las ideas.
Junto con los temas medioambientales, el problema de la migración está ocupando un lugar privilegiado en la agenda  organismos mundiales, de los gobiernos locales y de la discusión diaria. Y a diferencia de lo mediambiental (que es un tema que se encuentra en un umbral a punto de estallarnos en la cara, pero aún no se manifiesta claramente en la vida cotidiana), el problema de la migración es algo con lo que convivimos a diario. Se nos manifiesta en los nuevos tipos físicos, en los colores de la vestimenta, en los sonidos de voces y música, en las expresiones culturales callejeras, en un constante (parafraseando el lema hispano sobre la celebración de los 500 años de la conquista de América) encuentro de culturas.
El conflicto en el Medio Oriente, el estado de desastre permanente de muchas naciones africanas, la violencia cotidiana en Centroamérica, han significado movimientos ingentes de población, lo que ha puesto de moda a nivel de medios de comunicación el problema de la migración. Las imágenes de botes repletos de inmigrantes africanos cruzando el mediterráneo (con la muerte de muchos de ellos en el intento por buscar una nueva vida), la lucha permanente en la frontera de los EEUU por frenar la migración de latinos del sur (truncando el sueño americano que ellos han implantado), nos traen a colación nuestros propios conflictos (que de alguna forma nos sorprende en los otros, y los minimizamos en nosotros).
La humanidad, una historia de permanente movimiento
La historia de la humanidad está marcada por movimientos de población. Hay de los grandes y de los pequeños, de los forzados por razones de desastres naturales o humanos, o aquellos intencionales en busca de nuevos destinos. El hombre, desde sus albores como cazador recolector nómade, hasta los tiempos actuales en que levanta su vista al cielo y prepara su viaje a Marte, se ha movido, siempre inquieto, siempre en busca de algo nuevo. Así como esos ancianos tullidos en sus sillas de paja se enorgullecen de la milenaria dinastía que les precedió, los inquietos navegantes, que surcaron mares y continentes para da con sus huesos en terrenos extraños, nos atestiguan de esta permanente inquietud humana.  Siempre existieron los aventureros, los visionarios, los soñadores, que veían la línea del horizonte como la invitación a una aventura donde encontrar una nueva vida, donde conocer nuevas experiencias, donde descubrir nuevos mundos.
Toda la evidencia arqueológica nos indica que la especie humana nació en África. La primera gran migración fue el inicio del poblamiento del planeta, expandiéndose en diferentes oleadas. Seguramente fue un aumento de la población, la lucha por recursos escasos o quizás esa semilla de errantes plantada en el espíritu humano. Lentamente oleadas sucesivas de osados aventureros treparon por toda Asia y terminaron expandiéndose por Europa.
La especie humana comenzó a demostrar su gran capacidad adaptativa, fundamentalmente a través de su mejor arma: la cultura. Las poblaciones crecieron, siempre el espacio era pequeño o insuficiente, y la oportunidad que presentó una glaciación que unió Asia con América permitió el paso sucesivo de cazadores recolectores a este último continente. O quizás fueron los rudimentos de la navegación transoceánica que permitió el viaje a través del Pacífico de australianos o polinésicos.
Con la instauración de la época de los grandes navegantes (especialmente con el ‘descubrimiento’ de América en 1492), comienza una época de movimientos de gran aliento en lo biológico, económico, humano y cultural. Fundamentalmente las naciones europeas, sobre la base de una superior tecnología militar, imponen el predominio sobre una parte significativa de la población mundial.
El desarrollo de la revolución industrial a partir de  fines del siglo XVIII, da inicios a un proceso de emigración masivo, como quizás nunca antes se había testificado, tanto a nivel local como internacional. Se consolidan grandes centros urbanos, transformados en ciudades altamente pobladas, que no cesan de absorber población rural, pero creando condiciones de miseria que inciden en una migración fundamentalmente intercontinental. Se calcula que entre 1800 y 1940 emigraron de Europa unos 55 millones de habitantes. Mayoritariamente su lugar de destino fue América, en especial los EEUU, donde a inicios del siglo XX llegaron a entrar 1.300.000 personas al año. Se consideramos que para 1900 la población mundial se calcula en 1.650 millones, las cifras son mucho más significativas que lo que nos parece ahora.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se inicia una nueva etapa en el problema de la migración, que de alguna manera revirtió el proceso anterior. El explosivo desarrollo de la Europa Occidental, y la consolidación de EEUU como la gran potencia industrial, aunado a un creciente proceso de pauperización de los llamados ‘países del tercer mundo’, revierten la dirección del flujo migratorio. Ahora son estos dos grandes polos  los que concentran un flujo de población en busca de una vida mejor o simplemente la realización de un sueño, construido por los medios de comunicación de estas potencias, especialmente el cine.
En los últimos 30 años la fragilidad política, los conflictos militares, muchas persecuciones étnicas, han impulsado a una desesperada huida que ha obligado especialmente a los países europeos a dar refugio a un contingente multiétnico. A medida que la inestabilidad se ha ido apropiando de más zonas, las cifras van en aumento, y el problema ya desborda las medidas que se han intentado tomar. Si a esto unimos una crisis económica que persiste por años, el fin de las vacas gordas del neoliberalismo, la migración de vuelve un problema, un foco de conflicto. Sólo en el año 2014, según Naciones Unidas, fueron 60 millones de desplazados, personas que huían de sus hogares porque sintieron que su vida corría peligro. Y eso considerando los conflictos reconocidos, pues para Centroamérica son miles los que se embarcan en una travesía larga y peligrosa huyendo de condiciones de violencia local. Tanto de África, América y Asia diariamente se embarcan (muchos literalmente) en la aventura de buscar una nueva vida, quizás a manos de mafias, claramente arriesgando su integridad y hasta la vida, para llegar y encontrar las puertas cerradas. En otros casos la solución han sido los campos de refugiados, una especie de tierra de nadie, de limbo para vegetar.
Por otra parte la migración, o la simple adscripción a la categoría, ha sido el caldo de cultivo para fenómenos tan odiosos como la discriminación, la marginalidad, y algunos simplemente delictuales, como la trata de personas o la esclavitud. El simple hecho de la identidad (o más bien la falta de identidad), o de la capacidad del migrante de mantener sus patrones culturales, es un instrumento para menospreciar o mantenerlo en una especie de estatus de vida suspendida. La fórmula de yo y nosotros versus ustedes y los otros estigmatiza y le adscribe al otro la categoría de extraño, y una serie de sinónimos que se le van agregando como sospechoso, peligroso u odioso.
La rica diversidad que nos mantiene sanos
La situación actual es la de un proceso de creciente rechazo no sólo al hecho de la migración, sino a los migrantes. Especialmente en Europa, precisamente en los países más prósperos, se levantan voces y toman fuerza movimientos que piden una reacción más enérgica de sus gobiernos contra las mafias que traen migrantes, atacando el problema en su génesis, los lugares de salida. Y las emprenden contra los migrantes asentados, achacándoles todos los males de la sociedad, relacionando el hecho de la falta de integración como una actitud hostil con los huéspedes. O simplemente se les rotula de vagos, de parásitos, traficantes, delincuentes.
Admitamos que la época actual está marcada por el recelo, por la desconfianza. Más allá del origen étnico o racial de nuestros vecinos, la tendencia es al retraimiento, a encerrarnos en nuestro hogar, en nuestra familia, en el núcleo de confianza, mirando a los otros como potenciales agresores. De ahí la explicación al éxito de las películas o series sobre zombies, que en el fondo es la metáfora que nuestros potenciales enemigos están entre nosotros. La fórmula pareciera ser mientras menos iguales más peligroso.
La sola existencia de personas de colorido físico y/o cultural diferente, no hace más que acentuar esa paranoia. Nos coloca en alerta tonos de voz distintos, olores nuevos, sabores innovadores. La novedad hace saltar las alertas, porque sentimos que nuestra integridad física y cultural está en riesgo. En una época en que el tema de los límites es tan difuso (límites a todo nivel), donde cuesta tanto incluso situarse uno mismo, la presencia de lo diferente no hace más que gatillar todos los temores acerca de la desintegración.
La migración es vista como una oportunidad para quiénes emprenden la aventura. La búsqueda por ampliar horizontes, por acceder a ciertos beneficios, por alcanzar metas personales. Y, como sucede en la naturaleza, es una oportunidad para la tierra que los recibe, pues constituye el necesario refresco genético y cultural. Las naciones que han alcanzado más alto vuelo (como EEUU, Argentina, Brasil, Australia), ha sido de la mano de una pujante masa de migrantes que han aportado con sus conocimientos, con su ingenio, con su música, con su cocina, con su poesía, con sus sentimientos.
El hecho mismo de la vida está constituido por instantes, por encuentros a veces fugaces y a veces permanentes, pero que invariablemente dejan huellas. La defensa de un ethos nacional, de una difusa y arbitraria identidad, no es más que la excusa para mantener el estado de las cosas. No existe la identidad permanente, y, de solo considerarla, no sería más que una trampa que terminaría por signar la fecha de defunción de una sociedad.
La base del éxito de la especie humana se ha basado en dos principios que son básicos a cualquier especie exitosa: la movilidad y la flexibilidad. Volvemos al principio, el movimiento es la raíz de la explicación de cómo el hombre ha logrado copar todos los espacios del planeta, en condiciones extremas. Porque ha readecuado su identidad, sus contenidos culturales a los momentos, a los individuos, a la rica creatividad del cambio permanente. Parafraseando la mítica frase que se le atribuye a Galileo una vez que se retiraba de la Santa Inquisición, epos si muove. Nos parezca o no, todo es permanente movimiento, nos somos el centro fijo del universo.

Lo que debiera ser un proceso natural, se transforma en una odisea muy riesgosa y caldo de cultivo a negocios ilegales lucrativos

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La migración es un proceso absolutamente natural, que se verifica con regularidad en la naturaleza, y que tiene la la función de revitalizar las especies y los ecosistemas.

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La grandeza y el desarrollo de occidente no se entienden sino es en función al gran aporte que hicieron a su cultura los migrantes a toda escala.

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No hay símbolo más odioso que el alambre de púas, pues representa la inhumanidad, la falta de compasión y el narcisismo de un mundo que no se conmueve con el dolor de los sufrientes

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