Educarnos para ser felices es el nuevo paradigma y desafío

La raíz de los problemas y las soluciones a las incordias del siglo XXI radica en las personas. Nos debemos esforzar en formar personas con valores que se atrevan al cambio, y eso sólo se realizará mediante un cambio radical en el sistema educacional

 

No es sólo una impresión el sentir que las cosas no están resultando en el mundo que nos toca vivir en pleno siglo XXI. Pareciera ser un indicio que estamos en una profunda crisis, como si todo se hubiese estropeado de pronto, y la gente se volviera loca o se hubiese desatado la maldad en la tierra. Esta percepción lo que esconde es que en realidad nos  estamos  sincerando,  abrimos los ojos para darnos cuenta que no hemos querido ver un montón de problemas que nos estallaron en la cara. No vamos a pretender que la corrupción se inventó en los últimos 30 años, que la delincuencia se desató con el advenimiento del nuevo milenio o que el calentamiento global es producto de las locuras de la posmodernidad. Hay una falla, que evidentemente por acumulación o por efectos de la globalización ha quedado en evidencia en los últimos años. Pero que por sobre todo son indicadores que las cosas no se han hecho bien, porque el problema está en nosotros, las personas, que sostenemos un sistema al cuál culpamos como si se tratara de una entidad viva y pensante.

 

En Barcelona la  congregación jesuita, a cargo de una red de  8 colegios que reúnen a 13.000 educandos y 1.300 educadores, han realizado su propio mea culpa, partiendo de la base que vivimos en un mundo en que los paradigmas han cambiado, y exige una readecuación. Se sostiene que el sistema tradicional de educación no condice con los nuevos desarrollos en sicología y especialmente en neurociencia, que vuelven obsoleto el sistema de educación tradicional por contenidos. Se busca la formación de personas socialmente útiles, comprometidas con una visión valórica de la vida y el mundo. Según un documento de la institución, se  reafirma que existe un compromiso por una persona” competente, consciente, compasiva y comprometida; para una sociedad justa, solidaria, sostenible, humana e inclusiva”.

 

 

El proyecto se ha denominado Horitzó 2020,  y se inició el 2010 con encuentros inter estamentales para discutir y definir su forma y fondo, y que el 2014 se implementó en algunos colegios de la red en los niveles de niños de 3 a 5 años y de 10 a 14, que suman más de 1.700 alumnos. Metodológicamente se rompe con la clase expositiva de un profesor frente a los alumnos, y se trabaja en la guía de proyectos específicos que los alumnos desarrollan en grupos. Éstos son guiados por tres maestros (lenguaje, ciencias matemáticas y ciencias sociales), que en una aula reúnen a 60 alumnos y van circulando resolviendo las barreras que el trabajo va presentando.  Los profesores se transforman en coach de sus alumnos, dando instrucciones, acompañándolos y asistiéndolos.

El objetivo de todo lo resumen muy bien las palabras de María Jonquera Arnó, Directora de le Oficina Técnica de Educación Jesuita: “El gran protagonista de la educación es el alumno que tenemos y en él tenemos que poner la mirada, en el alumno que, en el fondo, es el ciudadano que queremos conseguir para el siglo XXI. Ese es el protagonista, ahí tenemos que mirar”

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